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MI SUEÑO

martes, 23 de marzo de 2010


Corto pedazos del día para pegarlos de noche en mi subconciencia,
Me gusta el color de una de las calles de mi barrio y el sabor de los dulces que me preparas,
Si he de subir a algún lugar para hallar algo, entonces quiero en mi sueño las escaleras de ese edificio abandonado,
Tomaré agua de yerbabuena para no asustarme cuando no pueda correr y tendré en cuenta las alas de aquel tatuaje de dragón para poder volar si me siento amenazada.
Imitaré tu forma de acariciarme por si te veo en mi sueño, es posible que te guste tanto como a mí.
Te suplico que no desaparezcas,
No me beses con los labios de otro rostro,
No me hagas pasar por un puente colgadizo,
Ni me sumerjas en el mar oscuro si no es para licuar la esperanza de estar vivos,
No huyas que no podré seguirte,
No lleves espejos,
No grites,
No convulsiones en deseos,
No me dejes… yo solo voy a soñarte.

Laura Sanz

EL SUEÑO DE EROS



Te encontré atado a una forma del olvido,
no logro saber con certeza si estabas en la ciudad de la vigilia o en la del sueño,
pero ahí estabas,
rodeado de mares y espacios inhabitados.
Te regalé un par de gotas de vacío y el bostezo te desdibujó en la despedida, soy tu alucinación,
tu forma freudiana de erotismo,
no escatimes el contacto,
tal vez no sea un sueño.

Laura Sanz

AGUA


cambia el frío en la mañana....
él respira de una forma intermitente y yo solo lo espero.
Sus pasos no dibujaron el camino y ahora hay que buscar el sur porque en el norte
ya no hay lugar para nadie.
Me reconocí levemente, pero cuando me observé demasiado corrí el riesgo de olvidarme....
olvidé mi cielo,
mis conquistas,
mis renuncias,
mis señales...
olvidé que también en el olvido hay que recordar la hora...
y se me hizo tarde...
en la espera, en la llamada, en la habitación, en tus ojos....
en la lluvia, en tu beso....
se me hizo tarde para amarte.

Laura Sanz

POR LA DIGNIDAD, POR LOS DERECHOS FUNDAMENTALES, POR MI, POR TI. EN CONTRA DE LA IGNORANCIA DE ELLOS Y DE LA INJUSTICIA

viernes, 5 de marzo de 2010


Dice la Constitución Política de Colombia:

ARTICULO 1. "Colombia es un Estado social de derecho, organizado en forma de República unitaria,
descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general".

ARTICULO 21. Se garantiza el derecho a la honra. La ley señalará la forma de su protección.

ARTICULO 23. Toda persona tiene derecho a presentar peticiones respetuosas a las autoridades por motivos de interés general o particular y a obtener pronta resolución. El legislador podrá reglamentar su ejercicio ante organizaciones privadas para garantizar los derechos fundamentales.

ARTICULO 25. El trabajo es un derecho y una obligación social y goza, en todas sus modalidades, de la especial protección del Estado. Toda persona tiene derecho a un trabajo en condiciones dignas y justas.

ARTICULO 48. Adicionado por el Acto Legislativo 01 de 2005

Se garantiza a todos los habitantes el derecho irrenunciable a la Seguridad Social.

El Estado, con la participación de los particulares, ampliará progresivamente la cobertura de la Seguridad Social que comprenderá la prestación de los servicios en la forma que determine la Ley.

La Seguridad Social podrá ser prestada por entidades públicas o privadas, de conformidad con la ley. No se podrán destinar ni utilizar los recursos de las instituciones de la Seguridad Social para fines diferentes a ella.

La ley definirá los medios para que los recursos destinados a pensiones mantengan su poder adquisitivo constante.

ARTICULO 53. El Congreso expedirá el estatuto del trabajo. La ley correspondiente tendrá en cuenta por lo menos los siguientes principios mínimos fundamentales:

Igualdad de oportunidades para los trabajadores; remuneración mínima vital y móvil, proporcional a la cantidad y calidad de trabajo; estabilidad en el empleo; irrenunciabilidad a los beneficios mínimos establecidos en normas laborales; facultades para transigir y conciliar sobre derechos inciertos y discutibles; situación más favorable al trabajador en caso de duda en la aplicación e interpretación de las fuentes formales de derecho; primacía de la realidad sobre formalidades establecidas por los sujetos de las relaciones laborales; garantía a la seguridad social, la capacitación, el adiestramiento y el descanso necesario; protección especial a la mujer, a la maternidad y al trabajador menor de edad.

El estado garantiza el derecho al pago oportuno y al reajuste periódico de las pensiones legales.

Los convenios internacionales del trabajo debidamente ratificados, hacen parte de la legislación interna.

La ley, los contratos, los acuerdos y convenios de trabajo, no pueden menoscabar la libertad, la dignidad humana ni los derechos de los trabajadores.

**********************

Mi conmovido pronunciamiento frente a esto surge de una pregunta clave y no tan compleja: ¿qué demonios es lo que los empleadores no entienden de que el trabajo es un derecho y que además se garantiza el pago de la seguridad social, siendo un conjunto de derechos irrenunciables?

Mi buena fe me entregó al letargo de la espera y finalmente la respuesta, por parte de mi ex-empleador, ha sido vacía y llena de ignorancia: "Tu liuidación es esta miseria y no tengo por que pagarte seguridad social pues nunca te afiliamos por un error del sistema", me importa un rabano podrido si por su incumplimiento les bloquearon el sistema, nada de eso tiene que ver con mis derechos y mis ganancias por trabajar con ustedes.

¿Cuánto sabemos los colombianos de nuestros derechos?
¿cuántas veces nos preguntamos frente a un contrato de trabajo si se cumplen todos los requisitos de ley?
¿cuántas veces es más grande la necesidad que la dignidad?

Pues muy bien, mi dignidad ahora sobrepasa cualquier cálculo y cualquier bondad que me haya caracterizado, tengo la rabia colombiana de pie en el alma, tengo la sangre ardiendo y la plena seguridad de no agachar la cabeza frente a mis derechos. Si he de marcar un precedente en una empresa debo hacerlo también acompañada de las voces de la inconformidad. Es muy simple, cuando se contrata a una persona para que realice cierta labor, debo ser conciente de lo que le debo garantizar como una obligación que impone el Estado, y que si bien, la mayoria de veces sale impune, es necesario pelearla como una violación a los derechos fundamentales, que son nuestros, solo nuestros como la sangre.

¿Qué hombre tan ignorante puede desconocer lo que se le debe a un ser humano por prestar un servicio?, ¿por entregarse con todo su saber para formar una empresa?, ¿por amar su labor por encima de su tiempo, su necesidad y su proyecto de vida?, eso cuesta, no solo dinero, cuesta la reivindicación del concepto de HUMANIDAD.

Qué violación tan arbitraria la que hacen de los derechos laborales, de la palabra solidaridad, seguridad, garantía, obligación. DE UNA BUENA VEZ Y POR TODAS DEJEN DE CREERSE EL CUENTO DE QUE LAS COSAS SE HACEN COMO LOS JEFECITOS LAS PLANEAN, las cosas en el derecho laboral, se hacen como la ley lo indica, sin arrebatos, sin pareceres, sin ignorancia.

No me pagan cuando tengan plata, me pagan cuando yo lo pida porque es mi dinero no el suyo.
No me hacen un favor pagandome seguridad social, es una obligación y se evitan sanciones penales.
Desconocer la ley no los exime de responsabilidad y desconocerme a mi como PERSONA no los hace JEFES.

Mi buen nombre y mi buen desempeño no se pueden ver afectados por sus equivocaciones y mucho menos por sus conveniencias economicas, está claro que mi silencio es solo un atributo prudente de mi personalidad, pero no soy tonta, toda violación a los derechos de un trabajador debe ser puesta a la luz publica por vergüenza y por educación, no pueden seguir atropeyando de esa manera las garantías de los ciudadanos.

No esperemos a que nos den una respuesta a su amaño, no esperemos a que la vida los ilumine con solidaridad para que respondan por sus olbigaciones, para eso está hecha la constitución Política Colombiana, para ponerla en juego, a prueba, a solicitud de quien la necesita. No hagan acuerdos de pago con sus empleadores, la norma lo dice, son derechos irrenunciables, es la vida, la salud, la vejez, la protección, la dignidad y la honra, no es la comodidad de ellos y el enriquecimiento a costa de nuestro trabajo.

Ahora como estudiante de derecho, comprendo qué tan importante es saber dónde diablos te ponen el fango para no pisarlo, yo estoy hasta el cuello por ingenua, por bondadosa, por un buen corazón, pero con la fortaleza que puede caracterizar a un trabajador luchando por lo suyo, sigo... buscando números, respuestas, normas, buscando lo evidente entre la corrupción y el engaño.

una vez más lo digo

NO ME VAN A DESCONOCER LO QUE ES MÍO...

y NO DEJES TU QUE LO HAGAN CON TU TRABAJO...

Lee al pie de la letra todas los renglones de tu contrato de trabajo, las cláusulas, las impertinencias...
EN COLOMBIA MÁS QUE UNA LUCHA EN CONTRA DEL TERRORISMO,DE LA POLITIQUERÍA BARATA, DE LA FALTA DE EDUCACIÓN... HAY UNA LUCHA INCANSABLE Y A SANGRE FRÍA POR LA DIGNIDAD...

YO ME UNO HASTA DESCONOCERME...

LAURA SANZ

FREELOVE O AMOR LÍQUIDO

domingo, 14 de febrero de 2010



“Desesperados por “relacionarse”, sin embargo, desconfían todo el tiempo
del “estar relacionados”, y particularmente de estar relacionados “para siempre”,
por no hablar de eternamente”.
Zygmunt Bauman


Qué equivocados estamos al querer teorizar el amor, ésta no lejos de ser otra teoría, es más una queja, mi particular revolución nacida de la burla.

El problema definitivamente ya se ha apartado de la definición de la palabra AMOR, es ahora, por afán, una alternativa lingüística, el problema, que es el problema de todos, es la forma de AMAR y el suponer que ser AMANTES viene ligado exclusivamente a una acción recíproca de dar amor, es más simple, pero para muchos más humillante, teniendo en cuenta por ejemplo, que JL. Borges no veía en sus espejos y laberintos las explicaciones de la infidelidad y que, a su vez, Bioy Casares no gastaba tanto tiempo peleando contra los reproches y reclamos de Silvina Ocampo, porque contra las mujeres condicionadas a amar inteligentemente no se discute sin buenos argumentos.
La tarea de escribir sobre el amor debe ser más cuidadosa, más responsable y mucho más respetuosa consigo mismo, no se puede fundar una libertad en el amor cuando todavía la literatura habla de lo difícil qué es ser dejado y dañado, por eso hablar de los AMANTES desde la frialdad de la etimología es una forma irresponsable de dirigirse a quienes aman en estos tiempos.

Amar en ningún momento puede ligarse a un concepto de libertad pues bien, nada tiene que ver la libertad del amor con las prohibiciones y el control sobre alguien, la libertad es una condición y no una elección, de hecho si así fuera, se podría elegir sin reparo a quién se ama, dejemos ya de justificar la promiscuidad con premisas de amores libres y de conceptos de amores posmodernos, los títulos de las relaciones los pone la sociedad por legalidad, la moral la ponen los que no quieren estar “comprometidos” y los que vanidosamente se creen muy libres al estar enamorados.
¿Y qué viene siendo el amor de los amantes sin la muerte del erotismo?, los amantes callan y se burlan de otros amantes que pierden “el encanto”, perder el encanto en una relación es justamente ENAMORARSE del otro... cuando el erotismo muere, permanece lo infalible, el amor, y la muerte del erotismo jamás podrá traer libertad, porque los cuerpos desnudos se encarcelan en la búsqueda amorosa del otro, y esa es la vida útil del amor, Bataille es claro al decirlo, “El Erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte”, por eso es insulso predicar libertad si lo que hay es un afán de enlazarse incluso con la sola idea del amor.

No querer títulos como el noviazgo, el matrimonio, y otros, no es entonces un problema de la libertad sino de las palabras y la intención de las mismas, ningún problema encierra presentar al otro como el novio o la novia si con eso lo que se quiere decir es que salen y la pasan bien, o presentarla como la esposa y el esposo para decir que duermen en la misma cama y para envidia de ustedes, a veces lo hacemos desnudos, en realidad lo que encierra ese título es solo la aprobación de un estado civil que se elige por presentación, por nombrar las cosas, por darles forma más que por violar libertades personales, quieren entonces los amantes dejar de ser titulados?, es fácil, es más fácil incluso que nombrar una relación, pero no se soluciona nada de fondo, pues las llamadas, los reclamos, los detalles, las fechas y la infidelidad siguen latentes con o sin título, el conflicto no está en ser novios, esposos o amantes, el conflicto está en el cuerpo que aparenta una libertad para que otros cuerpos lleguen y en la mente que se plantea ya como un ícono de la sexualidad inagotable, “si le digo al otro que no tengo ninguna relación, seguro se acuesta conmigo y no me hará reclamos porque somos libres”.

Lo que desean sin duda los seguidores del supuesto FREELOVE, es más bien EL AMOR LÍQUIDO, un amor que se diluye sin preguntarse mucho por el otro, sin conocerlo, sin ligarse ni comprometerse a la llamada, a la cita, a las formas de la conquista, es un amor de tiempos tecnológicos, de emoticones, de Skype y Facebook, el amante deja un mensaje de reporte y el otro lo responde si quiere y su tiempo lo permite, fenómeno este que ocurre porque como el compromiso no tiene sentido, entonces reemplaza la pareja por las redes, “En todo amor hay por lo menos dos seres, y cada uno de ellos es la gran incógnita de la ecuación del otro” (Bauman), ¿esa es la incertidumbre encantadora de la que hablan los seguidores del FREELOVE?, esa incertidumbre, si no se han dado cuenta los amantes, es la que lleva a la obsesión y al desenfrenado reproche, respetar el tiempo del otro y sus espacios de expresión, en nada intervienen con la sorpresa y la exaltación de la conquista, me refiero con esto a que no solo le es permitido a uno de los amantes llamar cuando lo cree necesario o escribir cuando lo cree prudente o buscar al otro cuando ya está bien de ocupaciones, el otro también llama, escribe y busca una aprobación del amor, dos palabras sensuales en el día sin robar “la libertad”.

Bauman dice que en el AMOR LÍQUIDO “uno siempre puede oprimir la tecla delete”, el asunto es que ustedes quieren olvidar, pero no quieren ser olvidados y ahí, la teoría de la libertad se derrumba, pues las relaciones en redes también necesitan un contacto, y entonces en los status de la red aparece la opción no conectado, y ésta es la forma madura en la que le dicen al otro, al que busca sus minutos de sensual comunicación, no me interesas, no te necesito, como esto es un amor libre entenderás que yo aparezco cuando quiero”, y el aparecer cuando quiero es ya una muestra clara y machista de cuánto subestiman el amor del otro, porque a su cómoda interpretación, el otro no necesita, el otro no se interesa, el otro no quiere.

Tan sencillo resulta entonces ser un amante líquido, sin importancia, sin remedio, lleno de olvidos, lleno de excusas para no comprometerse, mientras los que se comprometen bendicen el vínculo en estos tiempos.

Los hombres y las mujeres de estos tiempos no buscan amores líquidos, están cansados de la libertad del pensamiento, de la revolución, del afán, buscan mariposas en el estómago, cine en compañía, cenas románticas, razones justas para el desamor y argumentos fuertes para justificar la promiscuidad, no es el amor libre, no es el rescate etimológico de la palabra “Amantes”, no es la relación nombrada ni la falta de reproches, es, sin duda, una crisis del sujeto, la modernidad y el abandono los ha hecho despreciar el amor como viene, incluso con sus desapegos. La negación del amor que sobreviene a la modernidad es el cáncer del olvido, los que, en sus pretensiones, quieren un amor libre, serán olvidados por su misma libertad, se verán azotados por la desconfianza, por la rapidez de la soledad y por una madurez que no surge del no enamorarse, los amores libres son invento de la adolescencia y por eso todos adolecíamos nuestra condición de inestabilidad.

Ahora bien, que error tan sublime se comete al decir que el amor libre es el amor verdadero, primero, porque ni el amor es libre, ni es verdadero, segundo, porque lo que es verdadero del amor son sus predicados no sus sujetos, bien lo sabemos, no es el mundo el verdadero, son las teorías que lo describen, y mi pregunta humilde es: ¿cómo puede uno saber que el amor es verdadero, si con esfuerzo sabemos qué es la verdad?, mi conclusión es, que el amor es AMOR ni libre ni líquido ni verdadero, no se le pide al otro ninguno de éstos, el amor no se califica, se vive y en la vivencia viene el deseo de permanecer, no matemos al otro, al amante, con la condición del amor libre o el amor verdadero o el amor líquido, seamos honestos, más que pretensiosos, al manifestar nuestro deseo, deseo de piel, de carne de intimidad, de erotismo, no confundamos el, mal llamado, FREELOVE con la ARRECHERA.

No es sano para el amor, no es sano para los amantes, no es sano para ella que esperó por ti, encerrada en la incertidumbre que tu le ofrecías mientras liberabas tu concepto del amor, no es sano para ellos, no es sano para la reivindicación del mundo, no engañas a dos mujeres y luego hablas del amor libre con propiedad, eso solo lo hace la gente que sobra en el universo y el universo elige a los que todavía aman con berraquera.

LAURA SANZ

PARAISO PROMETIDO - ROBI DRACO ROSA

domingo, 7 de febrero de 2010

COLOMBIA EN 5 HORAS

viernes, 5 de febrero de 2010

05 de febrero de 2010:

salí de mi casa a las 4:00 p.m. para encontrarme con mi hermana y mi chiquisobrino, el calor nos tenía en un letargo raro, pero Luismi en realidad estaba mas activo que nunca, yo, estaba que me "empelotaba" y pues nada, era un día común y corriente y habían actividades que realizar.

Antes de las 6:00 p.m. mi hermana se ofreció a llevarme a la Universidad, si, clase de 6:30 p.m. a 10:00 p.m. los viernes, pero ya me acostumbré y hasta me gusta. No contabamos con que iba a jugar el Once Caldas y todas las calles cercanas al Estadio estaban cerradas, eso me hizo llegar tarde a la inducción del Consultorio Jurídico y, maldita sea, como odio el futbol. Como no me dejaron entrar al salón, me fui con uno de los compañeros afectados por el maldito partido y nos tomamos una cerveza, a la espera de que fueran las 8:00 p.m. para entrar a la siguiente inducción, pues si cometes un error como "Abogado de pobres" te ponen una sanción disciplinaria. En medio de la cerveza algunos que llegaron luego y mi compañero se dedicaron a hablar de sus labores como futuros abogados, y yo solo pensaba, ¡muy bien!, quiero irme del país y ser escritora.

Al cabo de una hora y media recordé que tenía que sacar unas fotocopias sobre anatomía y asfixiología para estudiar medicina legal y alcancé a dudar incluso la carrera que estaba estudiando, pero también supe que tenía a la persona ideal para que me explicara paso por paso cada una de las partes del cuerpo sin ser una clase tediosa y fría.

La inducción no estuvo tan mal y duró poco incluso, pero huyendo del calor salí desesperada hacia mi casa y no sabía lo que se me venía aún, aunque hasta ahí, todo había sido demasiado loco.

Tomé el colectivo con ruta hacia mi barrio y más o menos unas 7 cuadras más allá de la universidad una moto se le atravesó al colectivo y el chofer presionó la bocina como si quisiera arrancarla y tirarsela al de la moto, pero este último sin ser consciente de que había cometido un error, se llenó de ira, literalmente ira, y lo insultaba y le golpeaba el carro con el casco, y de pronto sacó un arma y apuntó, el frío que sentí me bajó todo el calor insoportable de este angustiante calentamiento global y quise llorar, correr, pero solo me escondi detrás de la silla delantera. El chofer del colectivo no hizo nada, era como si estuviera en la selva frente a un león con hambre y sin defensa, se quedó congelado con las manos en el timón y el pie en el acelerador, apagó el equipo de sonido y esperó que el motociclista (león) se fuera, y así lo hizo. Como si nada hubiera ocurrido arrancamos nuevamente, yo temblaba y miraba la calle para que no fuera a ser la víctima de las típicas balas perdidas colombianas. Sin embargo, mientras daba gracias a los dioses por habernos protegido, llegamos a un paradero donde se subieron muchas personas, la última era un transexual, muy tetón por cierto, y el chofer del colectivo no lo dejó subir, una clara manifestación de discriminación sexual, el único lugar libre que quedaba y que era para él, estaba a mi lado, y él no se lo permitió, lo dejó tirado en medio de la calle, esperando otro transporte, que sabe Dios si pasó, y él, el chofer, se había acabado de salvar de la muerte.

Unas tres cuadras más adelante presenciamos otra escena muy "Rosario Tijeras", muy "Qué viva la música", muy "La vírgen de los sicarios" o, mejor aún, "la vendedora de rosas"; una mujer muy delgada, consumida por la drogadicción y el hambre estaba en una esquina de la calle 19 esperando un cliente que quisiera sexo y le diera algo con lo que pudiera comprar tal vez una botella de solución o basuco o lo que fuera que le quitara el hambre que no fuera comida, pero lo que ella no pensó de momento es que estaba justo en el territorio de una de las prostitutas del área, que era más bien un prostituto, y que le empezó a recordar lo "langaruta" que era para competir con sus piernas y sus tetas, "largate de aquí perra, ¿vos no te has visto en un espejo?, drogadicta, morite de una vez, no me quités el trabajo, no te comparés conmigo, perrita", y en el mismo lugar una pandilla atracando a un joven que llevaba un maletín, que a simple vista se veía que venia de recibir su jornal por un día caluroso de trabajo, entre 4 hombres lo atacaron y él simplemente, sin soltar su cigarrillo, manoteó y huyó como uno de esos implacables luchadores contra la injusticia.

No miento, nada de esto es una ficción, nada es un fragmento de un libro ni de una novela de esas que salen ahora y tienen tanto rating, es un día de mi vida, un instante de miedo, un día común, un día de partido de futbol y clase en la Universidad.

Ahora estoy tranquila, después de un té, después de unas lágrimas de impotencia, después de una rabia por pagar $6.000.000 en una universidad que requiere de escoltas para llegar, si llegas y te dejan entrar, $6.000.000 para ver cómo una drogadicta se deshace en humillaciones, cómo un obrero lucha por su dignidad,cómo un transexual no merece nisiquiera el puesto trasero como los de raza negra en los años 50´, cómo un hombre homofóbico que trabaja noche y día manejando una máquina ve una bala con su nombre y como yo, que pago esos $6.000.000 no quiero ser abogada en un país que piensa que la salud es un favor y no un derecho.

Son las 9:00 p.m. y veo un comercial que dice "Colombia, el riesgo es que te quieras quedar"

¿qué piensas?, ¿qué te duele?, ¿qué te falta?, ¿qué te enferma?


Laura Sanz

DE-MENTE

lunes, 1 de febrero de 2010

El tiempo, se diluye y se derrite entre más veloz es, pero ahora sobra, en la cama, en el sofá, en el abrazo.

Mi tiempo es un tanto carmesí y se vuelve atardecer si no lo guardo en el bolsillo, En la espera me recuerda algunas cosas que llamo pistas de viaje, pero aún así olvido siempre lo esencial.

Tu tiempo es llamada, desnudez, alivio, tu tiempo es el mío en la corriente y me gusta acelerar el corazón al desearte.

Tu tiempo, a prisa me cuenta los pasos y me aleja...

Hay un tiempo para nosotros, el momento es el tiempo de los amantes, un tiempo líquido, un tiempo de espera y dulzura, de momentos se ha hecho mi sentir, de amantes perdidos en mis poros y arrojados al infinito de lo innombrable. Si, innombrable eres en mi mente, en mis segundos.

Mi tiempo te repite, uno...dos...tres...solo tú, solo el tick tack, tick tack...
es hora de la palabra, del encuentro a dos pieles, es mi tiempo, en el tuyo ya veremos qué besar... ahora solo dejame pendular sobre tí...

Déjame hacer el conteo de los amantes...

No hay tiempo

Laura

LoVe-CaT

miércoles, 13 de enero de 2010

Las Formas de la Intuición


Aún no tengo claro el significado de esta palabra, a veces se me parece a una sensación salvaje del futuro, un disparo de miedos o incluso una fiebre del alma.

Presentir, intuir y esperar parecen acciones que inevitablemente se adhieren a una forma del tiempo, ¿cómo hace el corazón para soportar la carga de algo que se intuye?, en mi caso, cuando sucede lo inesperado es cuando me doy cuenta que lo había intuído antes.

¿Qué hacer?, ¿Cómo manifestar la intución en una realidad que se pierde por segundo?, ¿Cómo presentir, si el sentimiento en si mismo es emergente?.

Intuyo que mañana pensarás en ella, sin embargo también presiento tus caricias, te intuyo cuando estás por llegar con esa flor de la cual solo recuerdo el olor, intuyo la lluvia para refrescar lrabia.

Intuyo el sabor de las aceitunas y l vacío del abismo, de mi intuición naciste, en mi piel permaneces y te presiento en las noches.

No sé, mi amor, cuál es la diferencia entre la intuición y el presentimiento, se con certeza que tus labios presienten el sabor de las frambuesas e intuyes mi beso.

Yo intuyo la letra en mi lengua, la equivocación y el error, presiento tu intuición y también intuyo el sentimiento, cualquiera de las dos me hace amarte y se vuelve un dejá vú constante, sin rutina ni espasmos de renuncia.

Laura Sanz

Heartbeats - The Knife

martes, 12 de enero de 2010


one night to be confused
one night to speed up truth
we had a promise made
four hands and then away

both under influense
we had demons in
to know what to say
mind is a razorblade

to call for hands of above
to lean on
wouldn't be good enough
for me, no

one night of magic rush
the start of simple touch
one night to push and scream
and make believes.

ten days of perfect tunes
the colors red and blue
we had a promise made
we were in love

to call for hands of above
to lean on
wouldn't be good enough
for me, no

to call for hands of above
to lean on
wouldn't be good enough
for me, no

and you, you knew you had to fight devil
and you, kept us away with wolf teeths
sharing different heartbeats
in one night

to call for hands of above
to lean on
wouldn't be good enough
for me, no

to call for hands of above
to lean on
wouldn't be good enough
for me, no

RE-COMENZAR



El 06 de enero de 2009, mi año tomó un giro realmete malo,
con un robo, una disputa, una pesadilla y un tiempo sin dueño.
Las calles estaban invadidas de miedo pero quedaba la leve esperanza de retomar fuerza cantando a Miguel Bosé y a Juanes en un concierto que también me trajo la amistad. Sin embargo, no contaba con que ese día también el giro estaría dando vuelta de nuevo, otro robo, un robo de imágenes, de artefactos, de recuerdos.

Algo andaba mal con mi energía, algo que luego no halló respuesta ni en la medicina, algo me enterraba en el olvido, algo que algunos mas osados llamaban magia negra. El mes de Enero terminó con ritual de velas, rosarios, llanto, terror y algunas cosas de oro como accesorios, no obstante mi protección, una mujer oscura apareció distrayendo mi tranquilidad y obviando cada paso de mi espiritualidad solo para hacerme daño, miento si digo que no logró hacerlo... miento si me hago la fuerte y disipo el dolor con una frase tipica como "soy una dama", No, yo la odié, la quise matar, la insulté con todas las palabras que me dió el lenguaje... y luego la olvidé... para dar otro giro inesperado... un giro provocado, de "rosa de los vientos", de Tsunami, un giro que me trajo sabiduría y amor.

Mi Junio fue mas dulce conmigo, un romance corto, un discurso amoroso de ciudad, una publicación y una tesis, todo acompñado de una reconciliación, muchos besos, una temporada sola y muchas decisiones. Nada comparado con lo que trajo el primer viento del año, que solo dolía y me impulsaba al abismo en el que espero estén todos mis fantasmas.

No hay drama, es todo realidad y espejismo, me cuesta creer que fui víctima de un mito popular, de la maldad y que del engaño solo queda fatiga y cansancio.

Mi año terminó golpeado por las emociones, días demasiado felices, días demasiado tristes, no faltó la rabia por un hombre desaparecido, la intriga, la angustia, la euforia, las festividades emocionales, despedidas, recuerdos, un grado y más besos.

Llegó el 2010, no hace falta contar lo que se hizo el 24 y el 31 de diciembre de 2009, se hizo lo mismo relativamente común en Colombia, una cena, vino, ron, natilla, buñuelos, regalos, paseo con maleta por la cuadra, conteo regresivo, llorada, abrazo, mensajes, llamadas (si entraban), etc.

Mi 2010 hasta ahora es en exceso raro, no se define como un año derrotado y mucho menos exitoso... hay una renuncia y algunas sombras de rabia del pasado, aunque esas cada vez se desvanencen más "por razones desconocidas", el tiempo ha sido generoso conmigo, lo que parece perdido regresa o lo encuentro, lo que aparece en el camino sin aviso se desecha, así que no hay mucho vacío en el corazón.

Como todos los años comienzo en armonía, en extremo silencio, sin reprochar el daño hecho, sin menospreciar los amores perdidos. Procuro obtener más sabiduría para entenderte, entenderlo, entenderme... procuro iluminar la oscuridad en la que ahora me hallo solo para no olvidar la forma de la luz...

Es dificil, ha sido dificil otras veces, pero la flor de loto siempre reparará la mente, no hay nada que una buena meditación no llene de color, un buen té, un buen sueño y amigos.

A pesar de la dureza del tiempo y de la renuncia que ahora me impulsa en otra búsqueda, encontré una cantidad de seres de luz que ahora me acompañan, una amiga, que he llamado conciencia, que me ha saneado mis torpezas, mis olvidos, mis reflexiones equivocas, una amiga gemela que de tanto responder que no es mi hermana se ha vuelto confidente y espejo, le agradezco su despertar y su poética rabia, un amigo que ha capturado en fotografía todas las sonrisas que me ha despertado su confortable forma de ser, voy a extrañarlo como nunca he extrañado un gran compañero de viaje.

Haber conocido nuevos actores en este teatro que es mi vida, haber silenciado otras voces, haber renovado otras compañías, hacen de todo mi existir, sin marcarlo por años, un resplandor interminable de belleza y naturaleza, que solo la paz puede ofrecer. Eso son mis amigos ahora, paz y solo diversión, y a ellos debo el haber destruido el mayor obstáculo de mi ser, la ingenuidad.

Ahora renuncio a un trabajo, a una etapa, a un tiempo pasado, pero vendrán otras "formas de la pereza", de la risa, del aprendizaje... y espero tenerlos a todos cerca.

Laura Sanz

ENGAÑA- GUSTAVO CERATI

DELIRIO DE FIN DE AÑO

martes, 29 de diciembre de 2009

Letras me sobran para reemplazar el delirio, el juego acaba de comenzar y no viene de la locura ni del insomnio. Me gustaba la miel hasta que supe que el limón era para mi ser, irascible.
Ya se acabará,
pronto los sueños serán uvas, la suerte será amarilla, las copas serán deseos y habrá brindis de eterna enemistad co ...n el fracaso. No me molesta ser tan feliz, mis años transcurren con fluidas sonrisas y caras amables a mi lado.
Tampoco pienso hacer ningún plan... los planes me acortan el camino y mi camino es como el de Hansel y Gretel, hecho de pedazos de vida que me encuentro y me guían. A veces he probado puertas de chocolate, ventanas de goma, techos de vainilla, pero cuando te encuentre a tí, que eres todos los sabores posibles, sabré que ha sido suficiente... que puedo descansar y amarte.

Laura Sanz

Feliz Año
sábado, 26 de diciembre de 2009

Ni lo pienses



Se mantiene la alerta emocional, un par de ataques de risa formulan el segundo previo a tí. No hay nada que se pueda hacer mientras la ciudad está en tus labios

y la espera...

Se leen un par de letras publicadas y comprendo que el tiempo termina sin haberse intuido.

Te llamo y no hay respuesta alguna, no hay acuerdo, no hay escondite seguro. Se resuelve el pacto, se tatúa la noche cada vez más lenta en la luz.

Que equivocados han estado tus ojos al llegar a mi, no importa... llegaste sin esperarte.

El beso se guarda, se moldea, se planea, se apuñala como en temporada de olvidos.

No hay curso adecuado para la sangre que hierve, no hay perjuicios y menos memorias.

El cigarro se apaga y cambia el color de la niebla. soy yo... no lo olvides, alucina a mi lado que luego no habrá espacio para el papel, y si hay papel no habrá letra, y si hay letra no habrá palabra, porque tu boca calla y mis silencios no son tan fuertes para soportar el grito.

Cómo deseo un cuerpo cierto,

Cómo sueño con ese par de espejos,

Y la Espera...

Sigue intacta

Laura Sanz

Lo que me gusta de tu cuerpo

lunes, 14 de diciembre de 2009

Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.


Julio Cortázar

Blues for Maggie




Ya ves,
y yo sigo pensando en ti
Canción de Pablo Milanés



Ya ves

nada es serio ni digno de que se tome en cuenta,
nos hicimos jugando todo el mal necesario

ya ves, no es una carta esto,

nos dimos esa miel de la noche, los bares,
el placer boca abajo, los cigarrillos turbios
cuando en el cielo raso tiembla la luz del alba

ya ves,
y yo sigo pensando en ti,

no te escribo, de pronto miro el cielo, esa nube que pasa
y tú quizás allá en tu malecón mirarás una nube
y eso es mi carta, algo que corre indescifrable y lluvia.

Nos hicimos jugando todo el mal necesario,
el tiempo pone el resto, los oseznos
duermen junto a una ardilla deshojada.


Julio Cortázar
Papeles Inesperados

LAURA EN BLANCO Y NEGRO

domingo, 13 de diciembre de 2009

http://www.literatura.org/Antognazzi/MNlaura.html

CARLOS ANTOGNAZZI


Laura en blanco y negro





A María Guadalupe Yacovella



Estabas sentada en la orilla y dejabas que el agua meciera tus pies. Entonces algo los tocó, quizás un alga, y tuviste un levísimo espasmo. Me miraste con esa expresión de temor que en realidad, cuando uno ya ha vivido lo suficiente como para empezar a conocer a las personas, se revela como algo más profundo que el temor, como una desprotección total, un completo abandono, un no pertenecer y no tener a nadie en toda la faz de la Tierra. Mucho antes había comprendido que tus silencios y tus risas eran producto de una infancia difícil, pero fue recién esa tarde en la playa cuando comprendí a qué punto estabas perdida. Había temor, sí, pero era el temor del chico que hace algo y piensa que está mal, y entonces te mira con un gesto de miedo y a la vez interrogante. Era la expresión del que siempre teme un reto, y que lo espera aún cuando podría estar seguro de que todo está bien. Pero vos no estabas segura, no podías, lo supe cuando el espasmo de ese contacto invisible te recorrió el cuerpo, cuando giraste la cabeza y me miraste con esos ojos sobresaltados. Entonces gatillé. Después, en seguida, te reíste, quizás del susto, quizás de mí que te había estado observando desde hacía un rato y que atento a tus gestos había disparado la cámara. Quizás de la vida, como pensé después. Yo también me reí entonces, te dije algo sobre los tiburones que solían llegar hasta la orilla, sobre los cangrejos y otros animales que iba inventando a medida que hablaba, tratando de conjurar ese gesto tuyo que sólo había sido un relámpago, un instante, pero que jamás podría conjurar ni olvidar porque lo había captado en toda su desprotección con la cámara y porque se había grabado para siempre en mis retinas. Allí estabas sobre las rocas, el pantalón corto un poco recogido hacia la cintura, tu cabello al viento. Tenías las piernas mojadas. Esa fue la primera foto. O la primera que me interesó al menos. Después vinieron otras, muchas más, algunas desechables y otras que, por un orden misterioso que en los momentos en que gatillaba solo intuía, fueron formando éste álbum. Tenías una mancha blanquecina de sal sobre tu brazo izquierdo, en donde el agua se había secado. Eras hermosa.

La tarde en que nos conocimos yo había dado una charla sobre algún tema de literatura y, un poco cansado de los intelectuales y de mí mismo cuando me ponía demasiado crítico, había salido a caminar sin rumbo. Era el pretexto que necesitaba para despejarme. Es curioso, pero no recuerdo sobre qué había hablado. Sí recuerdo la hora, o el momento del día, mejor dicho: de tarde, temprano porque el sol aún estaba alto cuando salí. Había brisa, me acuerdo. Una brisa que venía un poco del sur un poco del este, y que convertía a esa tarde en un día perfecto para caminar y gozar del mundo tal cual es, sin racionalismos ni explicaciones. En días así pensaba que todavía valía la pena seguir viviendo, en que a pesar de todo la vida tenía sentido y que había que vivirla así nomás, como venía, sin cuestionarnos demasiado por temas que en realidad nadie comprende. Entonces te vi mirando una vidriera. Te vi de perfil, el cabello ocultando un poco tu rostro, la curvas de tu cuerpo resaltadas por la remera y los vaqueros ajustados. Te deseé. Pensé en la diferencia de edades, en que debía llevarte al menos quince años, en que eras apenas una adolescente. Pensé en lo que diría la gente y me reí con sarcasmo. Nunca me había importado lo que pensara la gente y de pronto comprendí que aún no te conocía, que aún no habíamos hablado y sin embargo ya estaba trazando planes. Era muy mía esa actitud, vos pronto lo descubrirías. "Bohemio", me dijiste, y yo pensé que esa palabra te quedaba mal, que debía ser la primera vez que la decías o que tal vez la decías siempre, muy a menudo, pero que con ella englobabas muchas cosas, como un sentimiento demasiado grande para poder explicarlo, y que por eso se te escapaba.
—Bohemio, sí— repetiste al ver mi cara—. Sos demasiado delirante.
Me reí con franqueza, divertido. Pensé que tenías razón, que delirante era, pero no bohemio. Había hecho algún comentario tonto, seguro, y vos habías girado, sorprendida, y te habías sonreído. No eras adolescente, entonces lo vi en tus ojos, y yo no te llevaba quince sino veinte años, después lo sabría. Pero eras hermosa, y con eso bastaba.
Caminamos algunas cuadras, vos mirando vidrieras, yo mirándote de reojo y tratando de que no te dieras cuenta. Entonces te invité, o te propuse, no recuerdo bien, que siguiéramos juntos, que nos olvidáramos del mundo y de las personas y que siguiéramos caminando al sol por toda la eternidad. Ahí fue cuando te reíste y me llamaste bohemio por primera vez. Pero no te negaste. En realidad nunca lo harías, y creo que esa aceptación cotidiana de lo que te deparaba el mundo me hacía sentir una piedad extrema, que lindaba con el dolor más lacerante. Yo trataba de comprenderte, de entender tu mundo, y cada vez que hacía el esfuerzo te escapabas, desaparecías libre, ágil, y yo me encontraba de nuevo en la calle vacía, sin tener dónde acudir.
Nos separamos poco después. Y nos volvimos a encontrar al otro día, que era sábado. Y caminamos a la orilla del río, y nos reímos de nuevo, y yo pensé otra vez que el mundo y la vida tenían sentido, pero no te lo dije. No ese día. Jamás habías tenido un libro en la mano. Apenas habías leído alguna que otra revista. Yo tenía en casa una biblioteca de cinco metros, del piso al techo, llena de libros cuidadosamente marcados con lápiz y con señaladores indicando páginas con frases importantes. Vos eras libre. Yo era escritor.

(Te gustaba hacer el amor. Lo hacías con pasión, con ternura, poniendo un empeño tan grande por aprender y por satisfacerme que en ocasiones el placer en mí se confundía con el dolor de la desesperación ante lo fugaz, lo inasible de la vida. Te gustaba reír).

La primera vez hicimos el amor con urgencia. Yo con una pasión casi adolescente, vos con esa resignación de la gente que no espera nada, o de los que ya han conocido todo y nada los puede sorprender. Después pensé que me había apurado, que debía haber hecho las cosas de otra forma, pero también pensé que de nada valía cuestionarme por algo que ya no podía corregir. Vos estabas igual, sin cambios. O sin acusarlos, que es lo más probable. No te opusiste, no dijiste nada negativo, te entregaste como si ese acto hubiese estado pactado de antemano, mucho tiempo antes, y como si al acceder a mi departamento y mi cama y mi cuerpo estuvieses cumpliendo un ritual, no sagrado pero sí necesario, que no obstante te dejaba indiferente, alejada del mundo y de las personas.
Habíamos convenido en que vendrías esa noche y fuiste puntual. Cuando sonó el timbre corrí a la puerta y allí estabas, sonriendo con cierta picardía que después pensé forzada, como queriendo aparentar tranquilidad para una ocasión que en realidad sólo era tu segunda o tercera vez, aunque yo aún no lo sabía. Estaba fresco, y traías un pulóver finito encima, echado sobre los hombros. Recuerdo un detalle: era un pulóver de marca, caro.
Vi que traías algo en la mano. Te excusaste sin necesidad con un gesto. Luego aclaraste:
—Para el mate.
Sonreí. La invitación había sido para escuchar música y tomar mate, algo inusual cuando se trata de ir de noche y cuando el dueño de casa es un separado de casi cuarenta años. Pero vos lo tomaste al pie de la letra, o al menos eso me pareció, porque además de tu explicación allí estaba el budín inglés que me tendías, titubeando.
—No te hubieses molestado.
No respondiste. Después pensé que no eras tan ingenua y que yo era imbécil. Pero eras tímida, con una timidez que me volvía tímido a mí también. Mientras iba hasta la cocina con el budín y ponía la pava al fuego escuché que decías que tenía muchos libros ahí, que nunca habías visto tantos. (Después pensé que sólo habías dicho lo primero y que yo, al recordar esa noche una y otra vez, agregué lo segundo).
—Me gusta leer— dije.
Te pregunté si leías y ahí fue que dijiste eso de que nunca habías tenido un libro en la mano, de que sólo en la escuela habías hojeado alguno, pero nada más, que sólo leías revistas, y sólo de vez en cuando.
—Claro— balbucí desde la cocina.
—¿Y vos leíste todo esto?— preguntaste entonces.
—Casi.
—Yo no podría nunca.
Cuando regresé con el termo y el mate y algunos trozos de budín en un plato estabas parada en la misma posición del comienzo. Ahí comencé a pensar que algo raro había en vos, que no eras como las demás chicas, que debías de tener mucho miedo y que a pesar de ese miedo seguías adelante como podías, con un coraje que yo jamás tendría.
Nos sentamos y tomamos toda el agua del termo. Comimos el budín. Casi no hablamos. Vos mirabas de vez en cuando los libros como si de ellos pudiese emanar algún poder maléfico. O sólo extrañada de que alguien pudiese leer todo eso y de que encima fuese un tipo normal. Yo miraba tu rostro, la curva de los labios, la remera que ahora que te habías sacado el pulóver (creo que fue lo único que hiciste mientras yo estaba en la cocina, sacarte el pulóver y dejarlo en el respaldo del sillón) dejaba entrever la forma armoniosa de tus senos. Cuando cebé el último mate te pregunté si calentaba más agua. Te encogiste de hombros, y yo volví a pensar que era un imbécil, que sólo estaba perdiendo el tiempo y, lo más grave, que vos te dabas cuenta. Entonces dejé el termo y el mate al lado del plato con restos de budín, me levanté y te besé despacio. No hiciste nada. O mejor dicho no te escapaste, me dejaste acercar mirándome fijo y sólo después que toqué tus labios te corriste un poco y sonreíste.
—Yo sabía que esto iba a pasar— dijiste, y sentí que todo mejoraba, que el hielo se rompía y que pese a tu aire extraño y reservado esa noche todavía podríamos hacer el amor, porque lo habías dicho sin enojo, con esa resignación tan tuya que luego, día a día, se iría profundizando.
Te pregunté si siempre te escapabas, si esquivabas los besos. Dijiste que la primera vez sí.
—¿Y la segunda?
—No. La segunda no.
Estábamos parados. En algún momento vos también te habías parado y ahora estábamos los dos juntos, sobre la alfombra. Volví a besarte. Me respondiste. Tu lengua era suave, tímida. Poco a poco se volvió más ansiosa. Nos acariciamos.
Te tomé de la mano y te conduje al dormitorio. Sólo cuando llegamos junto a la cama dijiste que preferías no hacerlo, que esperase. Te pregunté porqué. Tragaste saliva:
—Por estar indispuesta, ¿puede ser?
Lo habías dicho como una pregunta, como si me preguntaras a mí si la respuesta era correcta, como esos chicos que en la escuela, al dar la lección, responden titubeando y con tono de pregunta para que una mirada del profesor les indique si están o no acertados. Pero vos no eras una chica, tenías veinte años. Y yo no era profesor, aunque tuviese casi cuarenta.
—No importa— me escuché decirte.
—Hacelo despacio entonces— me dijiste, y ya no hablamos más.
Sólo después, cuando nos habíamos vestido y te marchabas, me dijiste aquello de que sólo había fallado (pero no habías usado esa palabra, habías usado otra que ahora no recuerdo) un detalle. Intranquilo, pregunté cuál era.
—No pusiste música.
Recién entonces recordé que la invitación había sido para escuchar música y tomar mate. Me disculpé y te reíste. Esa fue la primera vez. No se por qué no la puedo olvidar.

Acá el sol te da de costado y un mechón te oculta la mitad del rostro. Hay unas manchas más atrás, que pueden ser arbustos o piedras. Tenés una remera blanca con un dibujo en el centro. Estás seria, con la cara en penumbra y mirando a la cámara, como esas modelos que salen en las revistas. No hay puntos de referencia que me indiquen hacia qué lado se inclina el sol, y no recuerdo el momento ni el lugar de la toma. Sí recuerdo otro momento, en que tuviste una actitud similar y en donde yo no tenía la cámara. Habíamos salido a caminar por la costanera una siesta fría pero soleada de otoño. Había viento sur y los cabellos te ocultaban la cara constantemente. Llevabas un pulóver rojo y unos vaqueros gastados. Hacía poco que nos conocíamos, dos o tres meses me parece, y coincidíamos en que caminar a la orilla del río en otoño o primavera era uno de los mayores placeres.
No había casi nadie esa tarde. O estaba demasiado fresco o éramos los primeros porque aún era temprano. La sensación de que el mundo era nuestro, de que éramos los únicos seres vivos sobre la faz de la tierra, me excitaba y me hacía hablar con ademanes. Creo que en ese momento era feliz, que podría incluso haberlo gritado. Creo que vos también. Lo expresabas con tus risas y tus asentimientos a todo lo que yo decía, una sucesión de borboteos risueños que venía desde el puente, donde comenzamos a caminar. El viento nos empujaba desde atrás. En la laguna el agua se encrespaba en olas que estallaban en explosiones de espuma blanca, cremosa, contra la defensa. En varias partes el muro había cedido y habían quedado unos pozos enormes, ahora inundados por la marejada. Te dije que parecía un mar y vos te reíste y comentaste que no lo conocías, que nunca habías ido.
—Algún día podríamos ir— dije entonces.
—Me gustaría, sí.
—Pasar unos días en la playa, ver las olas y las gaviotas— continué.
—Debe ser lindo.
—Es hermoso— asentí.
En ese momento tomé la decisión de llevarte, aunque sólo fuera un fin de semana. Quería que lo conocieras, que vivieras las experiencias que yo también había tenido:
—Podemos ir si querés— dije.
Quizás entonces yo ya había sucumbido a tu juventud y estaba enamorado sin remedio, y quizás vos lo notaste en algún gesto, una mirada, porque después de un momento murmuraste aquello de que te gustaría pero no, no podías aceptar. No entendí tu negativa, y vos no la explicaste. Ese era otro de tus rasgos típicos: hablabas una vez y para siempre, quizás porque sólo conocías un único sentido en las palabras, no como yo, que vivía enviciado por ellas y debía trabajar las ideas una y otra vez, jugando con la ambigüedad de los significados. No insistí. Nos habíamos quedado sobre la defensa, de cara a las olas. Me acerqué. Quería tocarte, saber que estabas allí en cuerpo y alma, saber que eras real, no posible, no un fantasma que podía desaparecer de un momento a otro.
Entonces te vi ese gesto reconcentrado, pero que al mismo tiempo no da idea de esfuerzo, sino de meditación suave, casi de resignación a una verdad insoslayable que vemos muy dentro nuestro, y que no podemos enseñar al otro por más que lo intentemos. Lamenté no tener la cámara. Luego pregunté lo que pensabas.
—En el agua— dijiste—. Debe ser lindo irse flotando boca arriba sin pensar en nada.
(Vos dijiste "panza arriba", no "boca arriba", ahora recuerdo).
—Dejarse ir— colaboré en un susurro.
—Sí. Debe ser como flotar entre las nubes, que te lleve el viento.
—Y no pensar.
—No, en nada. Sentir el viento o el agua, nada más. Debe ser lindo.
Esa tarde no hablamos más, o lo que dijimos después no tuvo importancia y fue olvidado. Pero me quedó la imagen de tu gesto, ese mirar hacia una nada que en realidad estaba dentro tuyo, en un lugar a donde nadie podría llegar jamás, donde sólo empezabas a asomarte con cautela. Y por eso, por recordar esa mirada, es que en otro momento en que sí tenía la cámara la aproveché para congelar tu rostro semioculto por el cabello, con el sol de costado en un amanecer o un anochecer. Quería develar el misterio. Lo curioso es que en esta foto estás mirando a la cámara, no hacia un punto insondable. Pero es el mismo gesto, como si estuvieses preguntándote por mí, o como si te mirases en mí y observases tu propio reflejo distorsionado. Me gustaría saber qué pensabas en ese momento, qué imágenes habitaban tu interior, qué ideas, qué angustias. A lo mejor ya intuías algo, parte de esa verdad misteriosa y total que en algún momento se nos presenta, revelada, y a partir de la cual todo cambia. A lo mejor en ese gesto estabas descubriendo tu propia historia, y tratabas de comprender lo que vendría después. A lo mejor sólo estabas gozando del sol y te sorprendí y rompí el sortilegio. A lo mejor dormías con los ojos abiertos y soñabas que ya estabas entre las nubes, flotando en un firmamento sin límites en donde todo era posible, hasta nuestros anhelos más pequeños y privados, hasta la felicidad.

Nunca me interesó demasiado la fotografía. Era un hobbie, nada más. Una vez en que estábamos mirando el álbum me preguntaste qué iba a hacer con tantas fotos, si las iba a exponer en alguna parte. Después de pensar un momento dije que no, que nunca había pensado que alguien más pudiera conocerlas. Es curioso, pero al recordar esa respuesta no puedo evitar pensar en mi otra actividad. Y pienso que escribo y que escribo con la intención de publicar, no sólo con la preocupación más personal de escribir por gusto. Eso me hace pensar también que la profesionalidad radica justamente allí, en el fin de toda acción. Me siento bien gastando rollos y más rollos casi como una actividad mecánica. Con la literatura, en cambio, anhelo poder publicar. Aunque quizás ahora, conociendo toda la historia, preferiría haber sido fotógrafo y no escritor. Quizás ahora encuentro más poesía en la cámara que en la máquina de escribir, y saberlo a ésta edad duele. Es más certero poder detallar un gesto con una toma adecuada que con las palabras, tan esquivas. La fotografía requiere de una mirada inteligente que la dilucide, es cierto, pero es inalterable, allí está el gesto, la mirada, las sombras, los claroscuros, y nadie, por más que lo desee, puede cambiarlo. En literatura en cambio los gestos pueden ser tan ambiguos y sutiles que permiten más de una interpretación. Y siempre pueden cambiarse.
—¿Y las vas a tener ahí nomás, en un álbum?— preguntaste entonces.
—Sí. Son demasiado personales.
—Ya sé. Pero a lo mejor las podías mostrar.
—¿Para?
—Para que nos recuerden juntos, para que no nos olviden.
—Nadie que nos haya visto nos va a olvidar— traté de salir del paso.
—Todos olvidan al final. Al final nadie se acuerda más de nada ni de nadie.
Después de eso te quedaste callada, y confieso que no tuve fuerzas para indagar más. Me dolían tus veinte años, me dolían tus palabras blandas, tu certeza de mujer madura, que ya ha vivido y ha tenido tiempo de arrepentirse de muchas cosas. No sabía qué decirte cuando te expresabas así. Sabía que no era un buen ejemplo, sabía que si intentaba algo más que una caricia o alguna frase de circunstancia te resentirías, aunque no me lo dejaras saber. Vivíamos en un equilibrio precario, en una delgada línea invisible, más allá de la cual todo se vendría abajo. En el poco tiempo que llevábamos encontrándonos había aprendido a respetar tus tiempos, tus silencios, tus veladas sugerencias que me mostraban un mundo oscuro en el que te revolvías cada día. Desde el principio supe que no podría ayudarte. No porque no quisiera, sino porque mis palabras resbalarían sobre tu cuerpo como la lluvia. Y esto tampoco porque vos no quisieras, porque creo (aún lo creo, todavía quiero creerlo) que te habría gustado salir de esa madeja que te atormentaba sin remedio. Pero ya era tarde. Lo percibía en tus gestos, en tus palabras. Había algo que yo no conocía, que nadie quizás conociera, salvo vos, que te aferraba a un mundo de sombras y no te permitía salir. También supe que te acompañaría hasta donde pudiese, que me hundiría con vos si era necesario, que lo intentaría todo con tal de estar juntos un poco más. Entonces no pensé que mi actitud tenía mucho de la tuya, que mis angustias eran parecidas, y que si había decidido eso era porque comprendía que estábamos unidos por algo más que una relación amorosa, por algo más intenso que el cariño.
Imaginaba tu infancia y trataba de hacerme una idea de lo que habías vivido. Una vez me dijiste, muy al comienzo, que no habías hecho la escuela secundaria, que ni siquiera te habías inscrito para empezar.
—Después de la primaria empecé a trabajar— seguiste—. Nunca me interesó estudiar.
No respondí. O no lo hice en seguida. Qué podía decirte que ya no supieras. Que yo tampoco había terminado mis estudios terciarios, aunque sí la secundaria. Que decidí dejar la facultad porque tampoco me interesaba estudiar nada, y que sin saberlo en ese momento había comenzado el lento camino hacia un túnel sin salida. Pero a esto último no te lo dije. Al contrario, cambié la conversación intentando ahondar en tu mundo, tratando de conocer algo más que me permitiera ayudarte y también, porque sabía que si salías vos salía también yo, ayudarme a mí mismo. Entonces te pregunté cómo te veías de grande, qué imagen tenías con algunos años más.
—Como una vieja loca— dijiste sin dudar, como si ya hubieses pensado esa respuesta muchas veces.
Me reí, me imitaste.
—Una bruja— aventuré en broma.
—Una vieja loca, de esas que viven solas y encerradas— seguiste—. Que corren a los chicos con la escoba para que no molesten a la siesta.
—¿Sola?
—Y encerrada.
Había dolor en tus palabras. Pero no por lo que las palabras en sí significaban, sino por los gestos con que las acompañabas, por la seguridad con que las pronunciabas, por el inmenso vacío que percibía para que a los veinte años pensaras de esa forma.
—¿Y vos?— aventuraste entonces, con la misma mirada y el mismo tono de aquella tarde en el mar, sobre las rocas, un gesto de temor y ansiedad, una pregunta que nacía disculpándose, sin exigir nada, sin fuerzas.
—Me gustaría estar con alguien cuando viejo. Debe ser jodido estar solo.
—Sí— afirmaste, pero era una afirmación blanda, más para completar el diálogo que porque realmente lo sintieras.
Y entonces, en broma, rompiendo el momento de tensión, agregaste eso de que ya me faltaba poco. Sin comprender te pregunté para qué.
—Para que seas viejo— reíste.
Te apunté con la cámara y disparé un poco a ciegas, sin dirigirla bien. Pero allí quedaste, con el gesto de la mano en el aire, tratando de cubrirte la cara, los labios estirados por la risa, los dientes brillando un instante, los ojos empequeñecidos por la contracción de tu cara, la cabeza echada ligeramente hacia atrás, como si te defendieras de un ataque, como si la cámara de pronto fuese un arma, el cabello detenido, congelado una fracción se segundo antes de caer, cuando ya la foto estaba resguardada en el rollo y cuando el rollo ya había girado una posición más dejando una película virgen lista para ser usada, cuando ya estabas destinada (aunque yo aún no lo sabía, debería ver la foto revelada para comprenderlo) a éste álbum que tengo sobre la mesa.

(Y un día fuimos al mar como había pensado, fuimos sólo tres días pero fueron tres días totales, en donde caminamos de la mañana a la noche y a la noche, rendidos, apenas si podíamos amarnos en ese hotel de segunda categoría en donde habíamos ido a parar por falta de mayores recursos. Y en esos días fuimos felices como quizás nunca lo habíamos sido ni lo volveríamos a ser. Recuerdo tus negativas al principio, cuando nuevamente te lo propuse, cuando te hablé de que podía ausentarme del trabajo cuatro o cinco días y que si vos pedías esos días en el tuyo podíamos irnos. Recuerdo tu aceptación después de algunas dudas, tu sonrisa cuando dijiste que estaba bien, que habías pedido los días y que no te hacían problemas. Recuerdo tu alegría en el colectivo, tus expresiones cuando por primera vez en tu vida viste las olas rompiendo en una playa de verdad, no a través de la pantalla del televisor, cuando por primera vez respiraste la sal y el yodo que impregnaba el aire, cuando por primera vez te sentaste sobre las rocas y te mojaste los pies, cuando por primera vez sentiste, aunque no fue suficiente, ahora lo sé, que algo se podía cambiar, que quizás no todo estaba perdido, que tal vez había que empujar un poco más, que entre dos sería más fácil. Pero sólo lo pensaste. Te faltaron palabras, o a mí me faltó imaginación para adelantarme a tus miradas, y cuando esos tres días terminaron y volvimos a subir al colectivo, exhaustos y con la piel bronceada, supiste que todo seguiría su curso inevitable, que ese sólo había sido un alto, un momento de incertidumbre, un instante de calma en la tormenta, y que desde ese momento en que regresábamos todo seguiría su lenta declinación. Yo también lo supe, aunque más tarde, y no te lo dije porque sabía que sería un lamento inútil que sólo nos pondría mal, porque mientras cada uno pudiera seguir cumpliendo su parte todo seguiría más o menos bien. Nos estábamos engañando mutuamente, pero en ese engaño compartido y sabido, aunque nunca pronunciado en voz alta, radicaban nuestras esperanzas de romper ese hechizo que nos devoraba. Era como una carrera contra reloj, en donde quien tenía el reloj podía, con libertad, adelantar la hora hasta el límite. Pero esos tres días nos mostraron que al menos algo había sido posible, que pudimos detener el tiempo unas horas, que la felicidad anida en los gestos más nimios y en los lugares más habituales. Y esos días también nos dieron una serie de fotos, imágenes de sensaciones que mostraban el inevitable deterioro).

Los días de lluvia te ponían melancólica, y solías llegar a la siesta cubierta con una campera rosa y blanca que parecía romper la monotonía gris del paisaje. Yo te esperaba con el mate y nos ubicábamos en la puerta ventana que da al jardín y allí pasábamos la tarde observando el verde intenso de las plantas lavadas con la lluvia, el césped, las piedras blancas que tenía en un extremo, esas que había traído de Córdoba y que cuando te lo conté te causó tanta gracia. A veces, después del mate, hacíamos el amor en silencio, sin romper el murmullo de la lluvia, perdiendo nuestras formas a medida que la luz decrecía, terminando ya de noche y reconociéndonos sólo por el tacto, o alcanzando a vernos durante la milésima de segundo que duraba un rayo. A veces intentaba leerte algunos versos, transmitirte algunas ideas de las muchas que había allí en la biblioteca, pero vos eras refractaria a todo lo que pudiese tener relación con los libros. Ni Baudelaire, ni Rimbaud, ni Proust tenían más valor, o eran más interesantes e importantes, que una caricia o una gota de agua. Esa actitud entonces me chocaba, pero hoy creo que a la vez que te definía te hacía más humana, más realista, más mujer de lo que podría haber pensado cuando recién nos conocimos y descubrí tu natural rechazo a toda forma de conocimiento que no fuera empírica y, por ende, la mayoría de las veces dolorosa, cruel.
A veces íbamos al cine, y entonces yo también me ponía una campera impermeable y caminábamos por la calle para evitar las baldosas flojas. Decías que el agua te hacía cosquillas y te daba escalofríos cuando te salpicaba, y que no te gustaba andar con las medias mojadas porque después te resfriabas. En momentos así me sorprendía de tu juventud, tu adolescencia casi, y confieso que me daba un poco de vergüenza que nos vieran tomados de la mano o abrazados. Pero también me provocaba un ligero orgullo, una sensación de placer saberte mía, o conmigo al menos, yo que ya estaba ostentando canas. Te reías de mis canas, decías que era un viejo y más de una vez, en la duermevela que sucede al amor, habías tratado de sacármelas. Yo reía y te tomaba las manos y te besaba hasta que vos abandonabas la idea y te entregabas otra vez sin palabras, sólo con tus suspiros, tus murmullos indescifrables, tu cuerpo entero como única razón de ser, como una verdad total y arrolladora que no admitía réplicas ni incomprensiones. Hacíamos el amor hasta que terminabas con un chasquido, un ramalazo de calor que te recorría el cuerpo de punta a punta, un destello de placer que al llegar a tus labios estallaba en un jadeo ahogado y profundo, lento, largo, que poco a poco se apagaba en mí. Entonces nos adormecíamos, rendidos, con esa fatiga que sólo otorga el sexo, una mezcla de sudor y perfume que saturaba el ambiente.
En ocasiones, en esos momentos en que uno está como ebrio, embotado y feliz a un tiempo, recordaba esos sonidos y pensaba que eran lo único válido en este mundo, que bien podían ser los únicos sonidos del universo, como esos cantos o lamentos de las ballenas en el mar, y que quizás la tarea de todo escritor sensible era tratar de edificar una obra con esas imágenes auditivas, un libro que fuese sólo murmullos, sensaciones, destellos, que al llegar al lector se transformaran en un arcoiris privado, una miríada de imágenes para cada uno, cada imagen un código secreto y particular. Pero sabía que era imposible, que sólo me restaba la factibilidad de soñarlo, no de hacerlo. Y en esos momentos pensaba que la fotografía tampoco era un arte total, que al igual que la literatura estaba plagada de falencias, y que quizás todo debía reducirse a poder escuchar los murmullos del universo, que debían ser como los de las ballenas o como los del amor, manifestaciones íntimas de un goce profundo y lento que crece, crece y se desarrolla como una espiral, una galaxia, un nuevo ser, hasta que estalla en gotas de luz y todo vuelve a comenzar.

Nunca supe con certeza qué películas te gustaban, y es curioso, porque fuimos muchas veces al cine. Una vez me comentaste, excitada, que habías visto una de violencia, un policial creo que era, y que te había gustado. Yo aborrecía los policiales, salvo alguna honrosa excepción, por lo que seguramente no te hice mucho caso. Ahora pienso si esa violencia que te gustó ver en la pantalla no era un reflejo de tu propio mundo, ese al que ni yo ni nadie, salvo vos misma, tenía acceso.
Quizás porque no había otra opción, terminamos hablando de películas de amor. Aproveché y te pregunté si alguna vez habías estado enamorada. Te lo pregunté en pasado, me acuerdo. No quise hablar en presente y arriesgarme a una desilusión, como si lo nuestro fuese sólo un momento, una fugacidad en medio del caos mayor de nuestras vidas.
—No, nunca.
—¿Nunca, segura? ¿Y cómo?— insistí.
—No sé, nunca.
(En ocasiones como esa el adolescente era yo, no vos).
—Pero alguna vez tenés que haber sentido algo por alguien, pienso.
—Sí, puede ser. Pero no amor. No estar enamorada, quiero decir.
—La gente no te gusta— avancé.
—Me da miedo. A veces tengo miedo y no quiero ver a nadie.
—Y entonces qué hacés.
Te sonreíste.
—Nada. Me quedo encerrada. Después se me pasa y salgo, camino... Vengo acá— terminaste después de un ínfimo momento de duda, como si no estuvieses segura de terminar así la frase.
No dije nada. Comprendí que esa duda era lo que nos separaba sin que nos diésemos cuenta, pero comprendí además que esa duda era el abismo que te separaba del resto de las personas. Y yo no podía hacer nada por traerte a este lado. Creo que vos misma no sabías cómo hacer, a pesar de que ambos sospechamos, cada uno por su lado y con sus tiempos, que cuando estuvimos en el mar hubo una oportunidad, débil quizás pero oportunidad al fin, de cambiar nuestras vidas. Entonces te pregunté por qué venías, por qué nos veíamos, y vos me dijiste aquello de que lo hacías porque te sentías bien.
—Me siento bien, no pienso, me río.
Lo habías dicho todo junto, una cosa detrás de otra, y se me ocurrió pensar que todo formaba parte de la misma idea que tenías sobre nuestra relación: un encuentro en donde no tenías nada que perder, tampoco que ganar, un momento en que te adormecías en la liviandad de la charla o la tácita y compartida agresión del sexo.
—Y qué más— te pregunté entonces.
Te encogiste de hombros, pero mostrando en tu mirada ese temor tan tuyo que me traspasaba de parte a parte. Adivinaste lo que en realidad te quería preguntar, y fue entonces que me dijiste lo otro, eso que me rondaría mucho tiempo, y que, ahora lo sé, nunca podré olvidar:
—Un día me voy a ir.
Lo dijiste mirándome a los ojos, y una vez más lamenté, aunque inconscientemente, pues tu mirada me estaba doliendo, no tener la cámara a mano.
—Cómo.
—Eso nomás, que un día me voy a ir.
—Y qué vas a hacer.
—No sé.
—Una vieja histérica corriendo a los chicos con la escoba, ¿eso?— te provoqué sin miramiento.
Vos acusaste el impacto, pero por esa resignación sufrida que tenías no me respondiste como debías, sino que por el contrario, te sonreíste débilmente y me dijiste que sí, a lo mejor terminabas así, pero que no sabías, que no podías saber hasta que no llegara el momento. Yo estaba tan confundido que estuve a punto de preguntarte de qué momento me hablabas, a qué te estabas refiriendo. Pero no lo hice, y ahora sé que no hubiese tenido sentido.
—Mejor no pensar— seguiste, ahora sin mirarme, con la cabeza vuelta hacia el jardín—. Mejor vivir sin pensar en nada, aprovechando cada día y cada momento y nada más.
—Y sin hacer planes— dije, aún herido.
—Sí, sin hacer planes. No sirven para nada. Al final todo sale al revés. No tiene sentido.
—Todo tiene sentido.
No respondiste. Iba a decirte algo más pero me detuviste con un gesto que con tus veinte años me pareció demasiado ampuloso, si no hubiese resultado en verdad patético.
—Dejá, no sigamos— dijiste—. Discutir tampoco tiene sentido. Hoy estoy mal, nada más.
Supe que en ese momento se aceleraba una separación que ya no podríamos detener. Si realmente alguna vez habíamos estado juntos, eso había terminado. Vos te replegaste, te hundiste en un mundo oscuro del que yo hubiese querido sacarte, pero a donde no tenía acceso, y yo me hundí en mi propio mundo de siempre, ese privado universo de libros y papeles que nada tenían que ver con la vida real, esa que nos quemaba en cada encuentro, esa que nos desgastaba cada día. Algo se había roto, y no era por la discusión en sí, no era por el intercambio de ideas y pareceres que acabábamos de tener, sino por algo más raigal que venía de antes, de antes incluso de que nos conociéramos esa tarde en la calle. Era producto de nuestros propios fantasmas, nuestras angustias, nuestros desvelos más íntimos.
De ese día no tengo fotos, pero pienso que si tuviese que inventar una que lo resuma, si tuviese que colocar una en ésta parte del álbum, vos estarías de perfil, con los cabellos una vez más ocultando parte de tu cara, las manos entrelazadas a la altura de tu cintura, blandas, los brazos estirados, observando el jardín a través del vidrio sucio de la ventana. Atrás, en un plano muy posterior (pero ahora pienso que el ángulo no lo permitiría, que tal vez habría que preparar todo directamente en el exterior), tendrían que verse unas nubes blancas y espesas, enormes, que van cubriendo el cielo, como dando marco a tu figura. Es el anochecer, y sombras progresivas avanzan sobre el cuadro.


Por eso después no tendría que haberme sorprendido, pero es como si la sorpresa, el sentimiento vivo de la sorpresa, se volviera inevitable en determinadas circunstancias. Todos hablamos de la libertad, pero en realidad anhelamos la seguridad de una vida simple en donde cada acción sea la lógica consecuencia de otra, de tal manera de ir creando un continuo en donde las sorpresas también sean previstas, o puedan serlo al menos. Pero nosotros éramos diferentes. No teníamos horarios, nuestro tiempo era tan íntimo y privado que podíamos salir a caminar a la medianoche y dormir después, cuando el trabajo nos lo permitía, hasta tarde. Funcionábamos a contramano de los demás, vivíamos a otro ritmo, con otras urgencias y necesidades. Debí sospechar que habría que pagar esa locura. Pero no lo hacíamos por locos, sino porque no teníamos otra salida. Nos estábamos quemando y la única forma que teníamos de canalizar ese fuego era viviendo todo lo que podíamos, a cada momento, en cada instante, sin reparar en las convenciones.
Cuando me entregaban las fotos reveladas, los rollos y rollos que gastábamos, fui descubriendo esos destellos de luz sombría, esos gestos que te nacían espontáneamente, esos instantes de lucidez en que te desnudabas por completo ante la cámara. Entonces comencé a armar este álbum, que nunca te mostré. Allí aparecés como creo que realmente sos, con la carga de angustias y sinsabores marcándote cada poro, como una secuela de tu infancia o de algo más profundo y lento, algo que quizás nos acompaña desde siempre y que por ignorancia o facilismo atribuimos a los problemas de la infancia, a la carencia de afecto, a no haber sido todo lo feliz que debimos ser. Recorriendo tu imagen como si fuese un puente entre tu verdadero ser y yo, un nexo que va más allá de las palabras, me preguntaba de qué servía todo lo que había leído, de qué servía esa pared de libros que ostentaba, con orgullo, en casa, y que a vos no te había incentivado más que para algún comentario casual y, como es natural, fuera de lugar, aunque tuviese al mismo tiempo la contundencia y la verdad de las cosas cotidianas, humanamente terrenales.
Un día prometiste que venías el viernes a la tarde. Nunca lo hacías, lo de prometer algo, quiero decir, y debí sospechar que algo estaba ocurriendo, que algo te forzaba a cambiar la actitud de siempre. Pero no lo sospeché, y ese viernes te esperé con una ansiedad que crecía a medida que pasaba el tiempo y no llegabas. Sobre el filo de la medianoche, cuando ya se iba a iniciar el sábado, supe que no vendrías y decidí salir a buscarte. También supe, con terror, que no sabía dónde debía hacerlo. Nunca me lo habías dicho, y ahora no recuerdo si alguna vez te lo pregunté. Nuestra relación era una vida de sensaciones, de imágenes, no de proyectos y certezas. Caminé hasta el amanecer. Con los primeros rayos del sol regresé a casa, aturdido y desesperado.
Aún te esperé unos días, después unas semanas. De pronto un día, sin saber por qué, tuve la convicción de que jamás volverías. Te imaginé entonces flotando río abajo, mecida por la brisa. Te imaginé danzando entre las nubes espesas y blancas que tanto te gustaban. Te imaginé recorriendo vidrieras en el centro. Fue quizás por esta última posibilidad que tomé la cámara y salí a las calles, a los barrios, a la costa, a todos los lugares que solíamos recorrer, y donde también pensé alguna vez que rozamos eso que las personas comunes tienen la suerte de conocer a diario, y que llaman felicidad. Desde entonces nunca olvido la cámara. Ubiqué en la última página del álbum ésta foto que llevo siempre presente para poder reconocerte en medio de la multitud, para poder llamarte, correr y abrazarte y entonces sí tratar, intentar de una vez por todas romper ese sino destructivo que te impulsa. Pienso que algún día, en alguna de las cada vez más pobladas calles del mundo, entre los millones de rostros y gestos que sin remedio nos vuelven más anónimos cada día, hallaré nuevamente esa mirada temerosa que me dejaste descubrir un día a la orilla del mar, y a partir de la cual comencé a sospechar que algo andaba mal, que no todo era como pensaba.
En la foto estás de frente a la cámara, y una vez más un mechón rebelde te oculta la mitad de la cara, que está un poco inclinada hacia un costado. Usás una remera manchada y unos vaqueros gastados, casi blancos. El sol te ilumina directamente desde arriba. Es un mediodía suave, seguramente primavera, mediados de octubre. Arriba, y muy por detrás, hay una masa de nubes blancas y compactas. Tu brazo izquierdo descansa a lo largo del cuerpo, blando, y la mano se apoya ligeramente sobre el muslo. Tu brazo derecho en cambio está alzado, la mano abierta, y saludás a la cámara. Sonreís. Tus dientes brillan un poco, tus ojos están en sombra. Sos hermosa. Aún tenés toda la vida por delante.



Santo Tomé, octubre/noviembre de 1992



Carlos Antognazzi

¿Por qué querés besarme?

lunes, 7 de diciembre de 2009

¿Quién dijo?....
¿Quién diablos dijo esa frase "EL QUE ESCUPE PA ARRIBA EN LA CARA LE CAE"?...

Ella solo recorrió 40 minutos de ciudad para tomar cerveza y tararear algunas letras conocidas, no estaba buscando maullidos pasajeros y mucho menos madrugadas con sabor a vodka o cerveza congelada. Ella solo iba de paso... pero al afán también le llegan las 4:00 a.m. y las decisiones... mal consejero es el deseo...

EHHHH NO JODÁS... PUES QUEDATE Y CONFIRMÁ DE UNA BUENA VEZ QUÉ ES LO QUE PASA CON ÉSTO.... y lo que pasaba tenía un nombre parecido a la piel...

Un par de besos le asignaron el momento, no era adecuado... NO... teniendo en cuenta que su corazón tenía carácter de desestresante, que no había nada de fortaleza y mucho menos.... rabia.

No recuerda su nombre... eso dice... ese cuento se tragó.

No recuerda el color de sus ojos, ni la forma de su boca, ni su instinto, solo besos vienen a su memoria... "como cuando se reconoce un(@) amante que estaba en el olvido".

Ey!, se perdió mi forma de amarte!!!
NO!, buscá en tus bolsillos.
Ey!, No la encuentro
No importa... confío en vos

Ella está segura de que no será inolvidable, no habrá confusión, no habrá espera...

ESPERÁ!!! SI SABÉS QUE VAMOS A VERNOS ESTA NOCHE???,¿POR QUÉ QUERÉS BESARME?

Está bien... BESÁME... YA QUE!!!... YA VINE...YA TE DIJE QUE TE AMABA UN DÍA... YA TE ODIÉ... YA RAJÉ DE VOS CON MIS LETRAS... BESÁME!!!! DALE NENE!!! BESÁME!!!...

Amanece, cerca al vientre, amanece sin aviso...
hay un par de silencios... FRÍO... UN FRÍO DEL CARAJO!!!!!

Ella busca las ideas que se le derramaron en la cama, con las que se agarraba el pelo que por fín... después de muchos años había soltado.

ME LLEVÁS A MI CASA???, TE PIDO UN FAVOR??, NO ME PREGUNTÉS NADA, NO QUIERO HABLARTE, SOLO QUIERO SENTIRTE...

Ella duerme en la mañana y, en la noche, se encontraron... VOS NO ME CONOCÉS,POR QUÉ ME MIRÁS ASI???...

YO ESTOY BIEN Y VOS... ESTÁS HERMOSO.

SOÑÉ CONTIGO... Y CON BESOS AZULES...
PERO SABÉS QUÉ??
LUEGO TE CUENTO
SOLO ESTOY DE PASO...

Ella baila y se desvanece en la mirada...

LAURA SANZ

Volando